Me es difícil recordar cuál fue mi primer acercamiento a la literatura. En casa, cuando yo era niño, nadie leía más que mi hermano mayor, y su placer como lector se centraba en cómics de súper héroes y novelas de ciencia ficción, que a mí no me interesaban (y que, a la fecha, siguen sin interesarme). Ya en la secundaria, entre 1983 y 1986, hice algunas lecturas de las que casi no tengo memoria, excepto por El conde de Montecristo y, especialmente, Las batallas en el desierto, pues esta última me causó una sensación de pérdida de la inocencia que en ese entonces no supe identificar, y que se acentúo cuando unos años después (todavía en la adolescencia) vi la adaptación al cine de Alberto Isaac, Mariana Mariana.
Ya en el Colegio de Ciencias y Humanidades Sur, al que entré cuando estaba cerca de cumplir los 16 años, fue que me introduje en otras obras tanto de letras clásicas como de literatura mexicana y universal, y creo que fue ahí donde comencé a tener conciencia de cómo me afectaba lo que iba leyendo. Al rememorar ese período de mi vida, lo primero que viene a mi mente en torno a los libros es la sentencia “Testigo es el cuchillo de tu abuelo”, del Acto I de La Celestina, tal vez por la profunda impresión que ocasionó en mí el que Sempronio le dijera a Calisto que su abuela había tenido sexo con un simio. De cualquier manera, tengo la imagen vívida de un profesor de literatura (o Lecturas, 1, 2, 3, etcétera, como se llamaba la materia en ese entonces) que siempre nos cuestionaba sobre lo que nos había dejado leer, y ello provocó que, poco a poco, mi afán de obtener una buena calificación se fuera transformando en un cariño entrañable por las letras. En ese entonces no hablábamos casi nada de teorías ni crítica literarias, por lo que más bien fluía mi propio pensamiento a lo largo del texto; incluso, esto me llevó a querer estudiar letras como licenciatura, pero, al comentarlo con mi papá – quien es ingeniero –, me dijo: “¿de qué vas a vivir, de estar contando las estrellas desde un cerro?” Entonces, estudié ingeniería.
Pasaron los años (demasiados, sin duda), y mis lecturas se limitaron a libros técnicos, de física, química y matemáticas; luego, a cuestiones relacionadas con control de calidad, productividad, filosofía empresarial y liderazgo, y así fue como me alejé de la literatura por un largo periodo de mi vida. Mi manera de leer se volvió completamente analítica, buscando datos y palabras clave, perdido entre archivos de Excel y presentaciones de Power Point, en un trabajo de oficina dentro de una empresa multinacional.
Seguí esa ruta hasta que un día, ya en 2010, tuve una emoción que hasta ese momento no había experimentado: me encontraba mirando la Torre Eiffel al atardecer de un domingo (pues había ido a París a iniciar una maestría en administración) y de pronto tuve una sensación de vacío y desconcierto. Sin pensarlo, tuve un golpe de melancolía, y supe entonces que eso no era lo que deseaba seguir estudiando; así, regresé a México, y comencé a buscar algunas opciones para aprender algo diferente, hasta que encontré lo que buscaba: un diplomado en creación literaria, en la Casa de las Humanidades de la UNAM. En él, entré de nuevo a la literatura, pero desde la perspectiva creativa, donde (des)aprendí las bases para escribir diferentes géneros literarios. Fue a raíz de ello que decidí estudiar la Licenciatura en Letras Inglesas; no obstante, al seguir teniendo ese trabajo de oficina que arrastraba desde hacía tiempo, tuve que cursarla en modalidad de educación abierta y a distancia. Ahora, creo que fue una buena opción, ya que durante toda la carrera se brindó mayor prioridad a la comprensión de los textos, y a un análisis en torno al contexto de la obra, que a las teorías literarias y a los análisis puramente académicos, teniendo así más libertad para estudiar e interpretar.
Ahora, que estudio la Maestría en Letras Mexicanas, creo que leer «bien» consiste en hacer un balance entre la autoreflexión y el gusto por la lectura, para llevarse algo más que el entrenamiento y saber que, ahí en esas páginas, siempre hay algo me que habla.
