Este no es un poema, tampoco es una canción,
pero es algo que sale de una grieta del corazón.
He tenido amigos, pero no como estos dos,
a quienes quiero rememorar hoy,
en un día cálido pero nublado, húmedo y con viento,
porque nunca hay suficiente tiempo
para comprender que la vida se apaga
aunque entre nosotros su recuerdo vaga.
Llegaron juntos a mi vida, acogidos en el mismo lugar,
y al final, por separado, se fueron,
aunque ahora juntos están.
No sé si existe el Paraíso, pero ahí debieran estar.
Me esperaban y me buscaban,
me querían y no me juzgaban.
Brincaban hasta lo alto de la reja de la casa,
cuidando lo que era (es) suyo, lo que era nuestro,
y dormían bajo el sol que calentaba sus cuerpos,
descansando hasta la hora de pasear.
Eran del mismo tamaño, aunque distintos.
Lina, con su abrigo negro, rizado y brillante,
marcaba el paso de nuestra pequeña manada:
le bastaba una mirada
para que Sinclair entendiera;
aunque algún gruñido le lanzaba
cuando demasiado se me acercaba
y los celos su lugar reclamaban.
Sinclair llevaba el sol prendido en el pelaje,
brillante y color miel; dulce conmigo,
aunque frente a otros perros defendía su territorio
como si también así cuidara lo nuestro.
Buscaba mi cercanía, mi mano, mi abrigo,
y yo encontraba el mío cuando estaba conmigo.
A veces peleaban entre ellos,
pero con los años
aprendieron a preferir el calor mutuo.
Y después de los gruñidos, de los celos,
volvían a buscarse para dormir juntos,
acurrucados,
durante un largo sueño muy abrazados.
Y yo los quería a ambos, incluso cuando los días difíciles
se atravesaban entre nosotros.
Nunca consiguieron separarnos
y, al final, más fuertes nos hicieron.
Lina y Sinclair se llaman, y una grieta me dejaron,
una herida que sana con los recuerdos de su cariño,
con sus perrunos abrazos
y con esos lazos
que nunca se han de romper entre nosotros tres.
Quiero imaginarlos tranquilos, felices,
en el Paraíso de los perros
que ellos sí se habrán ganado,
bajo un sol que vuelve a calentar sus cuerpos,
juntos otra vez, acurrucados,
esperando, quizá, la hora de pasear.

Un homenaje más que merecido… como olvidar los “vuelos” y ese tarro roto por la cabeza dura de Sinclair y el Matriarcado de Lina… verlos al sol lamiéndose las orejas, bueno siempre mas Sinclair a Lina porque ella solo le daba 3 lengüetazos con los que Sinclair era feliz… éramos una gran manada
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Sí jeje, muy buenos recuerdos.
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