La sed

Llevaba dos noches sin poder dormir. Cada vez que cerraba los ojos, empezaba a verlos. Al principio eran rostros deformes que aparecían y desaparecían con tal rapidez que apenas y podía distinguirlos; después, llegaron los animales, o lo que parecían animales. Lagartos-rata con señales de rabia. Hombres fusionándose con serpientes. Seres que no sabía definir.


Alguien me había dicho que estaba bajo el embrujo de una mujer vieja y perversa que quería alejarme de un ser querido, pero no lo creí. Que en una botella había preparado un brebaje con plantas venenosas, infusiones letales y sustancias propias de un alquimista diabólico, y que me daba a beber sin que yo lo notara. Tal vez unas gotas aquí y allá, en la comida, en el agua. Su ejecutor podía ser cualquiera. Por eso me pasaron un huevo de gallina por todo el cuerpo, que, al romperse y relajar su contenido en agua clara, mostró un par de burbujas como ojos amenazantes, fluidos terrosos en hebras, una yema turbia, pero no hice caso. También encontré un ramillete de hierbas de olor debajo de la cama que alguien colocó para protegerme. No funcionó.


Abrí los ojos, porque si no me iba a volver loco. Tenía sueño y cansancio, pero no podía apaciguar mi consciencia ante aquellas imágenes perturbadoras. En eso, miré hacia la cortina blanca con motivos florales que cubría la ventana y por cuyas fibras penetraba la luz de la luna. Como si quisiera impedir una oscuridad total en mi entorno inmediato. Alcanzaba a entrever algunos objetos: el perchero en la esquina, la lámpara del techo, la puerta café oscuro, el cristo de palma colgado en la pared. Empecé a sudar. No sé si hacía calor, pero de pronto quise librarme de las cobijas, de mi piel, de mis músculos, de todo lo que me estorbaba. No pude.


Desde que me mudé a esta casa, de vez en cuando sucede algo extraño. Algunos vecinos me dijeron que los dueños anteriores hacían ritos con muñecos vudú. Dejaron un altar con figurillas de santos en el descanso de la escalera. Lo tiré, pero algo se quedó en el piso vacío, allá arriba. Especialmente de noche, al subir, siento que alguien, algo me mira. Me dan escalofríos y huyo rápido. Dejé de subir cuando caían las sombras, pero ahora creo que se negó a irse, y que esa mirada que me acosa se extendió a este piso, a mi recámara.


Sin pensarlo, miré fijamente a la parte baja de la cortina. Ahí comenzó todo mientras el sudor era más abundante. Un enjambre de gusanos, negros y con movimientos veloces, surgió de la nada; luego, desvié la mirada hacia el techo, y ahí también estaban, enredándose, copulando, formando una mancha voraz en la superficie. Súbitamente, emprendieron el vuelo cual moscas, a causa de una especie de metamorfosis acelerada que les dio alas. Escurría sangre negra del cristo en la pared, pero en vez de que me pareciera un milagro, me infundió un temor inescrutable. El perchero se transformó en un ser antropomorfo, con tentáculos que se extendían para alcanzar algo. No supe qué. ¡Querían enloquecerme!


Encendí la lámpara que está sobre el buró junto a la cama, y desaparecieron; ojalá se los hubiera tragado la penumbra. Entonces creí que solamente podían ser vistos en el reino de la oscuridad.
Encendí también la luz del techo y regresé a recostarme. Otra vez un bochorno, luego la ansiedad. Dirigí mi vista hacia el muro de enfrente, y divisé líneas blancas y delgadas que se movían. Al observarlas con mayor cuidado, descubrí que formaban figuras parecidas a ti, vagamente humanas, algunas con caras tristes o de disgusto, con sombreros, con ramas y rostros en la cabeza. Luego, moldearon felinos grandes: leones, tigres y jaguares, para dar paso a perros que movían la cola, y luego a una imagen que se parecía a una pintura, tal vez algo que había visto antes. Era un árbol enorme, que evocaba un paisaje europeo medieval encerrado en un círculo, al fondo. Descubrí con horror y sorpresa que de sus ramas colgaban cuerdas con hombres ahorcados, aunque algunos todavía se movían, y demonios con tridentes, debajo de sus pies, los azuzaban como si quisieran lacerarlos. Entonces entendí que los demonios estaban ahí, bajo la luz, y entre la oscuridad.


Me considero una persona racional, de ciencia, y no creo ni en espíritus, ni en religiones, y menos en las supercherías o mitos que se difunden a través de sus iglesias. Aun así, intenté rezar. No sabía a qué o a quién, así que invoqué todo aquello de lo que había oído o leído: Dios, los arcángeles, el universo, Quetzalcóatl, Zeus, Tezcatlipoca y Hades. Incluso Satanás, para pedirle que se llevara a sus huestes de regreso al Pandemónium. No funcionó. Ahora estaba seguro de que yo, o la casa, o ambos, estábamos embrujados, y de que solamente me quedaba esperar a que se fueran o se quedaran para siempre.


Decidí salir de la cama y prepararme un té de hierbabuena. Bajé a la cocina, y percibí un olor raro, fermentado, algo que hostigó mis sentidos. Creo que salía de un vaso sucio y pegajoso, pero no estaba seguro; he oído que cuando hay espíritus malévolos alrededor, se desprende un hedor peculiar, asqueroso, putrefacto. Conseguí hacer el té. Tuve que sostener la taza con ambas manos para no derramarla, sin mirar más allá de lo estrictamente necesario. El amanecer ya estaba cerca. Comencé a tranquilizarme. Todo parecía mejorar. Los bochornos habían bajado su intensidad. El agua caliente y luego tibia me confortaba las entrañas. Salí de la cocina y me senté en un sillón de la sala, desde el que podía divisar las alacenas de madera, esas empotradas en la pared de donde había sacado la taza. Bajé la vista para beber un poco más y, al alzarla nuevamente, vi a una persona con una sudadera de capucha negra entre las sombras. Se quedó viéndome. Levantó la mano y sonrió. No pude adivinar su sexo. Pero la sonrisa no era amigable, adiviné que sufría, que no estaba en paz (quizá era un espejo). Me levanté rápido del sillón y desapareció. Fui a buscarla a la cocina, y ya no estaba.


Con una sensación de pánico, decidí subir y regresar a la cama. El día también subía, ya había más claridad. Las cortinas blancas con motivos florales ya eran solamente eso. El perchero era otra vez perchero. El cristo estaba seco, como la palma que lo formaba. Sentí alivio, aunque con cautela. No quería confiarme. Todavía me acechaba el miedo. No estaba seguro de que se hubieran metido de nuevo al infierno. Pensaba en eso, pero el cansancio empezaba a abrumarme, y la falta de sueño me pesaba como la piedra a Sísifo. Me tranquilizaba que fuera domingo. No tenía que empezar a cargar la piedra, a subir la montaña en el inframundo de la semana laboral que iniciaba con el lunes.


Por fin me estaba quedando dormido, recostado sobre el lado izquierdo de mi cuerpo. Se me cerraban los ojos cuando escuché una estación de radio. No en mi recámara, sino atrás, o al lado, con algún vecino. ¿Quién escucha la radio en domingo, justo antes de las 6 de la mañana? ¿Y por qué se oían petardos y gritos? Dudé. Decidí mirar por la ventana, la abrí lentamente, y no oí nada. Aproveché para ir al baño y, al pasar por las escaleras que llevan al piso de arriba, a ese donde me miran, me pareció escuchar una conversación. Me detuve para oír, y supe que al menos eran dos voces, no sé si de personas. Reían. Otra vez se me erizó la piel. Fui rápido a orinar, tanto que mojé la taza, el piso. Regresé con ganas de encerrarme, de taparme con las cobijas hasta que amaneciera completamente.


Ahora sí. Mi cuerpo ya no podía más. Me quedé dormido. Los sueños hicieron su debut para acrecentar el mal. Primero, una inundación en casa de mis padres en una habitación del primer piso que parecía un baño; el agua quedaba contenida ahí, sin derramarse completamente hacia abajo, solo caía un chorro al piso. Su mascota, un perro grande, corría en círculos. Entraba. Salía. Volvía a entrar. Estaba cubierto de lodo. Chillaba. Nadie lo miraba. Medio desperté con algo de angustia. Volví a caer en el hechizo de Hipnos. Ahora entraba a una clínica con muchas personas y médicos. Saludaba a alguien. Iba con una amiga, pero no veía su rostro, y ella entraba a un consultorio. Yo intentaba buscarla poco después, pero tropezaba y caía en la recepción, donde me apoyaba en una anciana para levantarme. Me costaba mucho trabajo, pero conseguía hacerlo. Un médico me daba su tarjeta y me decía que lo visitara. Miré hacia un pasillo que daba a la calle mientras entraban unos niños corriendo, gritando que venía un loco tras ellos para aventarles ácido. Pasaron junto de mí y lo vi: era grande y corpulento, con una chaqueta gris y vendas viejas y percudidas enredadas en su cabeza, que solo dejaban ver los ojos y la boca. Entró decidido, amenazante, y me acorraló a mí y a la recepcionista en una esquina, sin escape. No recuerdo más. Desperté agitado, jadeando, con taquicardia. Me reconfortó que fuera una pesadilla, y que estuviera ahí, en mi cama, con el rostro a salvo.


Seguía sintiéndome muy cansado. Le ordené a la bocina con el asistente virtual que reprodujera música para relajarme. Reprodujo sonidos de la naturaleza: grillos, lluvia tenue, aves piando. Otra vez empezó a llegar la calma, y pude dormir un poco, hasta que de la bocina empezaron a surgir otros sonidos. Un animal grande emitía rugidos, una multitud al fondo gritaba, como si ovacionara a alguien famoso, a una celebridad. Creí por un momento que era parte de la pista sonora. Traté de no hacer mucho caso, y seguí con la tarea de dormir profundamente. Ya entre sueños, oí una voz, que decía “vete”, pero no vete y ya, sino “vetevetevetevete”, dando una orden, con un tono grave, que sonaba hostil y duro. Traté de despertarme para salir del sueño, de la pesadilla, y dejar de oír esa voz de mando, que parecía la de un militar de un gobierno genocida, invasor, expulsándome de mi propia casa. Después de luchar un rato contra mi estado onírico, por fin gané la batalla. Desperté. Unos segundos después, mis párpados volvieron a pesar demasiado. Se cerraron, y otra vez la voz: vetevetevetevete (ovación) (grillos) vetevetevetevete (ovación) (grillos). Fue menos difícil despertar, y quise mantenerme así. Solamente me acomodé otra vez del lado izquierdo. Dije al asistente virtual “detener reproducción”. La bocina se apagó. Al fin silencio. Pasaron quizá un par de minutos, o un par de horas, no sé. De pronto vetevetevetevete (ovación) (grillos) vetevetevetevete (ovación) (grillos) grrrr grrrr. Ya no estaba dormido, pero la voz del militar asesino y su gobierno genocida seguían ahí. Se multiplicaban; gritaban al unísono con la multitud de fondo, luego se desfasaban, sonaban más fuerte ¡¡VETEVETEVETEVETE (ovación) (grillos) VETEVETEVETEVETE (ovación) (grillos) GRRRR GRRRR!! Quise levantarme y, al mirar de reojo hacia el otro lado de la cama, vi una mujer sentada de espaldas, con un vestido de humo negro, rasgado, que se desvanecía en el aire; se levantó y caminó hacia la puerta sin dar la cara. Horrorizado, me levanté de un solo golpe y salí corriendo, no sé si la atravesé o no, porque cerré los ojos y tropecé por la escalera, pero alcancé a sostenerme parcialmente del barandal, grité por auxilio, entreabrí los ojos, llegué al final del último escalón, corrí corrí corrí y ya no ví, salí corrí salí corrí no sé a dónde. Un golpe, esta vez real. Por fin descansé. Ahora sí comenzaba a dormir, a descansar. Sin voces, sin fantasmas, sin arañas negras en la habitación.


Estoy en un hospital, y casi no me puedo mover. Tengo una aguja clavada en el brazo y una bolsa casi vacía colgando junto a la cama. No estoy seguro de qué causó esto; tal vez la mujer me alcanzó, o el animal que rugía, o el doliente de la capucha. No importa. Siento que siguen aquí. Veo una sombra, ¿tú no la ves? A juzgar por la expresión en tu rostro, creo que sí. Pero me distraigo un poco y bajo la mirada. Otra vez tengo sed. De la mala, como dicen. Necesito tequila. Whisky. Cerveza. Lo que sea. Necesito un trago.

Publicado por Mauricio

Inquieto y melancólico. Ingeniero Industrial y Licenciado en en Lengua y Literaturas Modernas (Letras Inglesas) que gusta de leer, escribir y traducir. Restless and melancholic. Industrial Engineer with a B.A. in English Language and Literature, who enjoys reading, writing and translating.

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